Eres como una sinfonía, ¿sabías eso?.
Dirigías tu orquesta majestuosa desde aquel faro dominante.
Aquella bruja te enseñó secretos artilugios para manipular el mar a vuestro antojo, las olas danzaban al compás de tus manos serviles, esas manos delicadas y delgadas, las cuales sin embargo estaban habitadas por rastros amarillentos y las uñas eran negras producto del oropel.
Yo dancé bajo tus olas… lo hice. Y fue como galopar una serpiente emplumada. Dancé bajo la cadencia de tu música palpitante y fuliginosa. Irascible como un arrebato, cuajada de poder y lujuria… aquella parte ambarina hervía bajo las escamas de fuego. Cuando salí a la superficie pude ver que lo dominabas todo… las nubes oscuras habían cubierto completamente aquel cielo rojo y la lluvia estalló impetuosa sobre los mares de Lev y todas sus criaturas.
El faro de Dammar era el tuyo… el faro más alto de muchos.
Llegué al anochecer… dormías cuando gotas de mar púrpura resbalaron de mis cabellos y empapé tu rostro. Luego te poseí húmeda, como siempre te había gustado que lo hiciera. Ese siempre era mi obsequio para ti… Rowan envuelta en mar para Xastur… Rowan oliendo a mar, a sal y a luna de fuego para el guardián del faro de Dammar. El guardián más hermoso de todos los mares de Solaris… Xastur, el único amor de Rowan, la sacerdotisa del sol.
Tu cuarto siempre exhalaba el aroma solar de la primera estrella, tus cobijas olían a oropel, también tus cabellos. Debía marcharme antes de que llegaran los vigías a la primera inspección. Saltaba por el ventanal estrecho no sin antes besarte como si jamás fuese volver a verte. Bebía esa mixtura de sangre, lágrimas y magia prístina. Antes de tocar el agua ya mis piernas habían pasado a ser una hermosa cola de pez. Nadaba bajo los purpúreos mares aún con tu sabor en las branquias… sin saber si asistiría la salida de otro sol antes de yacer nuevamente sobre tu lecho.
La primera vez que te vi, pasaste desapercibida frente a mis ojos... a mis sentidos, a mi alma. Creo que el hecho de no saber hacia dónde se orientaba tu corazón de mujer primitiva hizo que nunca te mirara como una que pudiese cautivar mi atención.
Pasó el tiempo, llegó el Otoño y cayeron las hojas, las horas, la lluvia, los sueños. Mensajes oníricos enviados por la mismísima Diosa me hicieron volver a mirarte, enfrentarte, conocerte. Y no pude mantener mis muros frente a tus palabras reveladoras... palabras que aflojaron mi armadura, mi escudo y mi hacha. Me volví miel y chocolate leyendo tus letras de otro mundo... adivinando tus susurros de bruja... vaticinando el encuentro de las almas y pieles adobadas en sangre. Sangre, leche y miel para el Hada y la Hechicera, para la Nereida y la Sílfide, para la Sacerdotisa y la Muerte.
¿Por qué ahora... que grito tu nombre y demando tu esencia, los Dioses solo me entregan silencio por respuesta?. ¿Por qué, amada mía, tu boca ha sido sellada por viejos sortilegios de antaño... cuando hasta hace un tiempo solo presagiabas sangre, leche y miel para nosotras?
Anoche monté al pájaro de fuego y paseando entre aquellas luces tornasoladas, llegué a las tierras aquellas. Las tierras medianas. Las tierras donde me esperaba él... mi favorito. Ahí aguardaba... quieto como una roca entre miles de almatias que pululaban de un lado a otro... mi llegada. La llegada de su dueña y señora.
Reconociste mi mirada entre miles de ojos que pasaban a través de ti como si fueses agua. Me deslicé entre tus brazos y me amoldé en ellos como si hubiese sido desde siempre. Así te inventé... para que fueses y existieses a mi medida.
Deslicé mi lengua por tus labios... reconociendo aquella boca entre todas las demás, apropiándome de cada surco y cada relieve... reteniendo el sabor a sal en mis papilas... rompiendo el sello ambarino que dejó aquella con mi jadeo suave. Rasgando las ataduras que por tanto tiempo dañaron tus muñecas... ahora tus manos están libres para recorrerme a tu antojo. Porque he esculpido mi cuerpo con miel y quimeras... y lo he adobado con la sangre elegida. Ese será tu premio para cuando me encuentres... un cuerpo forjado para el guerrero de plata... una mente insuflada con la luz de los astros. Porque me he moldeado a gusto tan solo para perteneceros cuando llegue el encuentro.
Por ahora... espero. Bajo lluvia escarlata inquebrantable designio.
¿En qué podría sostener mi mundo, ahora que el cielo está seco de tantos soles caídos?
Frente amplia y despejada, la locura danzando en tus febriles pupilas. Boca pulposa, delirante y frenética. Podría amar tu demencia como algo consuetudinario y lineal.
Eres rojo como el draco, solo podrías pertenecer a la segunda o a la tercera camada de tres.
¿Sientes lo mismo que yo? Veo como se marchita mi carne sin jamás haber probado la solidez de tus manos. Tus cuerdas bucales reposan dormidas entre el espejo y el ensueño. Bajo niebla matutina tu voz hiberna.
Habita un eco en mi interior... y en él resuena tu nombre, el nombre secreto de tus antepasados, ese que has heredado como trofeo de guerra.
Deseo conocer a la bestia detrás del personaje, al verdadero guerrero blanco. Dicen que te enamoraste de Minerva... ¿Es eso verdad?.
Muéstrate, Rosa de Fango. ¿O es que acaso tiemblas de miedo por enseñar tu rostro en los campos oníricos?
A quién podría importarle tus silencios de sepulcro, tu mirada vacua esperando nada, tus desaires cuando pasas altivo por mi lado... como restregándome con visible placer que la corona ya no descansa sobre mi cabeza. No sabes... no imaginas siquiera cómo descanso de toda esa porquería, nunca he sido hembra que encaje en cortes o en protocolos, menos aún dentro de espacios patriarcales donde debo sentarme a observar, hermética y sumisa, sus eternas disputas por el poder absoluto. ¡Necios!
Decidí finalizar mi entrenamiento, partiendo a los rincones oscuros tan solo con un escudero como elección. No era necesario que lo hiciese, nada ni nadie lo exigía como requisito, sin embargo para mí era importante finalizarlo. Querías que te eligiese... pero no, no me apetecía ya que fueses como una maldita chaperona a cuidarme las faldas, o mejor dicho, que fueses tú el único que se enredase en mis vestidos.
¿Duele acaso ser deliberadamente cambiado por un soldado de plata?
Me pregunto que harás con todo tu porte, tu clase y tu ego... señor de las aguas escarlatas.
Yo te diré qué harás: Guárdalas dentro de un volcán... a que no adivinas qué sucederá.
Las Voces no dejaron de susurrar aquella noche.
Desde la iglesia San Francisco resonaba la doceava campanada, todo indicaba que se cumplirían los vaticinios escritos con tu zarca sangre en el firmamento.
Yo callaba. Como nunca… el silencio tomó posesión de mi boca. Muda de terror por haber aprendido el maldito lenguaje escrito en los alcores de la Luna. Aquella respuesta devoraba mis entrañas, cual si fuese un esbirro de papiro y tinta dispuesto a sellarme la garganta para jamás confesar los oscuros secretos guardados en aquellas profundidades. Pero ya era tarde… los dioses vikingos habían hablado, obsequiándole a la mortal la ambigua runa del destino.
¿Quién osaba entonces arrebatarme a aquel que tan bien amaba? ¡Malditos sean todos los dioses y sus absurdas patrañas bélicas! Por culpa de nefastas guerras somos los despojos del ahora. Yo cumplí, siempre acaté las órdenes. Ahora ya nada tengo… la Parca se acerca y la faja del tiempo me ciñe hasta el punto de arrancarme gritos y lamentos.
Por órdenes de Adra fuiste confinado a ser el Guardián de aquel faro perdido en los mares de Lev. La hermosa magia de Arashea permitió nuestro idilio… si no fuese por ella jamás podría haber sido tu amante sagrada hasta el fin de los tiempos. Así atravesé océanos con una cola carmesí tan solo para yacer entre tus brazos. ¡Maldita sea la bruja Adra!... maldita entre las hembras por confinarte a la soledad sabiendo que tú me amabas. Escupo mil veces en su anilo y su manto, maldigo su cetro y vejo su prole. Portadora de desgracias del tamaño de imperios. Espero que continue en su sucio claustro y jamás decida salir de allí.
¿Crees que si le pido clemencia a la Luna esto podría evitarse?. ¿Crees que ella pueda encargarse de ti, mi amado Guardián?. Los tiempos son distintos a las cicatrices de antaño y talvés aún exista algo llamado esperanza.
Esa noche aguardé fuera de Palacio por vos... hasta que el frío me obligó a buscar refugio nuevamente. Desde los ventanales de mi habitación... mantuve los ojos fijos en las laderas, expectante y silente a que apareciérais. Pasaban las horas y tu presencia no asomaba por los verdes prados. La niebla esa noche era tan densa... que con gran esfuerzo impregné mis ojos de tu esencia para poder adivinarte descendiendo por los riscos.
No llegabas. Pasaban las horas veloces y no aparecíais.
Entonces, cerré mis ojos para pensar con claridad... y de lejos me pediste que observara en el espejo.
Hermoso espejo ovalado... aquel que tantas veces me regaló tu presencia en aquella majestuosa y solitaria habitación. Me planté frente a él espectante y llena de temores. Aguardé a que las sutiles flamas de las velas me entregasen las tan ansiadas noticias de vuestro paradero. Mientras respiraba a bocanadas profundas... mi pecho de pronto quedó suspendido y mis ojos estupefactamente abiertos: Pude ver cómo huías sobre un caballo... pude observar como te perseguía él. Lo supe todo de inmediato... sabía que debía encontrarte y darte refugio en Palacio... porque él jamás sospecharía que yo podría habitar en ese asqueroso y burgués sitio sin sentirme morir.
Salí veloz del cuarto aquel... descendí rauda las escaleras de mármol y tomé una de las capas de viaje de la servidumbre. Yo misma corrí hasta las caballerizas y tomé a la hermosa Nemashtá... dorada como las arenas del desierto. Juntas cabalgamos al trueno... hasta llegar al bosque y encontrarte a pasos del árbol majestuoso con una estocada en la ingle y completamente solo. Revisé los parajes cercanos pero no lo encontré... al parecer él te había dado por muerto. Acerqué mi rostro y pude comprobar que aún respirábais. Era muy débil pero aún estábais vivo. Despejé vuestro rostro de la negra cabellera y revisé aquellos ojos nocturnos para comprobar si aún dilataba la pupila. Con esfuerzos logré colocaros sobre la montura y escapé a palacio mientras la lluvia nos mojaba hasta las entrañas.
Esa noche la fiebre hacía arder vuestra frente... la mujer del cabello rojo me decía que mientras eso fuese así... teníais esperanza de salvaros. La mujer preparaba su mezcla de hierbas mientras yo intentaba mantener a raya vuestra fiebre con paños fríos embebidos en nieve.
Fueron varias noches en vigilia... donde la pelirroja aplicó pacientemente su menjunje de hierbas, limpió la herida, me pidió que cantara para vos melodías que os trajesen bellos recuerdos en mejores días... y finalmente cosió la llaga.
Despertaste esa misma tarde... yo rendida reposaba mi torso sobre el lecho, mientras que el resto de mí yacía sobre cálida madera caoba. Tocaste mi mano y lo primero que veo al levantar el rostro son tus ojos oscuros deviolviéndome una sonrisa arrebolada. Acto siguiente; observo hacia mi derecha buscando a la mujer del pelo rojo porque deseo agradecerle... pero no la encuentro. Solo percibo nuestra imagen reflejada en el espejo... vos sentado sobre el lecho con los lisos y oscuros cabellos cayendo a la altura del pecho. Yo sentada en el suelo e inclinada sobre vos... con ancha trenza castaña abrazando mi espalda y familiares ojos zarcos clavándome la urgente pupila, desentrañando el misterio que habita al otro lado del espejo... vos buscándote en mi... y yo recorriéndome en vos.
Cuando galopo a través de los bosques, puedo olerte en cada hoja de árbol que ha caído. Porque ese es tu olor... hueles a floresta... a hojas húmedas bajo la lluvia.
Anoche, pude ver tu cabello al viento, como siempre cuando me visitas en sueños. La luna estaba más enorme que de costumbre, llena como solo ella puede estarlo. La contemplabas mientras las dudas hacían fruncir tu ceño. Podía sentir el frío helado en el rostro... tú estabas de pie con los brazos caídos mientras yo te contemplaba desde una distancia prudente. ¿Podías olerme?. No lo sé. Solo sé que sentí la nostalgia en tus ojos de ensueño y mi boca moría de ganas por pronunciar tu nombre.
Pude ver mi cabello negro a la altura del pecho. Me cubría una túnica oscura con bordados escarlata. Avancé descalza hacia ti... presa del temor que siempre me produce estar frente a tus ojos. Porque cuando te miro ya no logro controlar mi frenesí.
Creo que estabas tan absorto en tus pensamientos, que nada ni nadie te anunció mi llegada. Me planté frente a tu esencia mientras sentía que la Luna me devoraba las espaldas. Tu mirada perpleja fue acompañada por un susurro: "Maestra", pronunció tu boca mientras avanzabas hasta donde me encontraba.
Llegaste tan cerca que tu túnica, hermosa como sangre, rozaba mis pies desnudos mientras tomaste mis antebrazos e intentaste aproximarme hacia tu rostro.
"No" dijeron mis labios y no sé cómo esas palabras llegaron ahí. Moría por ser besada. Moría cada día por tus besos arrebolados....Necia... pensé. Mientras tus dedos se deslizaban intentando dibujar mi boca en la oscuridad. Tus ojos encendidos me observaban con paciencia. Una mueca risueña se asomaba entre tus labios. "¿Por qué no, Emperatriz... si tú y yo lo deseamos?. ¿No basta con eso acaso?". "No lo sé"... respondí, encandilada por el deseo que me nublaba la razón. No lo soportaba... no podía más con ello. Impulsivamente capturé entre mis labios ansiosos, aquella boca carmesí que se abrió dulcemente como un botón en primavera. Húmeda cavidad... lenguas en éxtasis... tus brazos delicados alrededor de mi cintura, atrayéndome hacia ti con la única fuerza que es capaz de moverte... la fuerza de la pasión. Mis manos torpes intentaban tocar tu piel desnuda... intentaba deshacerme de tus ropajes mientras besaba cada retazo de piel expuesta a fuerza de tirones... entretanto mis vestidos yacían ya sobre la hierba. Te reíste de mí mientras que con tan solo tirar de unos lazos, tu túnica cayó al suelo y pude contemplar en éxtasis la alba desnudez que presentaba tu cuerpo, la perfecta armonía de tus formas, aquella noche de bosque y Luna donde todo confabulaba para que estuviésemos juntos.
"Ven"... me invitaste, mientras que depositabas sobre la grama cuajada de rocío tu hábito bermejo.
Insólitamente, me estremecía... pero no de frío. Apoyé mis rodillas sobre la gruesa tela siempre de espaldas a la Luna... tomaste mi rostro entre tus manos mientras el viento hacía danzar las cabelleras... marqué tu cuerpo con besos de fuego, egoístamente... para que solo pertenecieras a mí.Esa noche... solo pude sentir tu sangre a borbotones, latiendo en mí interior.
Ahora, cuando camino... sé que tu sangre me recorre en silencio... y tú sabes que mi fuego palpitará para siempre en tu piel.
Aprendí a jamás sucumbir... jamás caer.
Nunca, nunca en esos miles de años el trabajo fue arduo, en absoluto... hasta que vuestros ojos me atravesaron de lleno.
"Con él jamás, Emperatriz" Me encargó discretamente el anciano. De pronto sentí como mis ojos traicionaban a la razón. Sentía una pesadez en la boca del estómago y mis manos quedaron frías como testigos de lo ocurrido.En las noches no había descanso... la sierpe danzaba febril entre mis sueños delirantes y estertores noctámbulos.
¡Cuántas veces pasé por vuestro lado sin siquiera dirigiros la palabra!. Todos reían en vuestra cara... pensaban que mi odio por vos era certero. ¡Hombres necios!, cómo no erais capaces de ver lo evidente. Moría por ser tocada por aquella voz de susurro. Vuestros ojos como una saeta, atravesándome a lo lejos. Ignorabais todo... ¿Nunca imaginasteis que mis dedos rozando accidentalmente vuestra armadura de argento era tan solo otro modo de expresarme?.
"Emperatriz", me llamasteis un amanecer. Vuestro mentón estaba pegado al pecho y los ojos incrustados en las botas de plata. Vuestro talante solo delataba el profundo respeto que sentíais por mí. "Deseo pediros instrucción... si vuestra merced puede ayudarme".
"Habla", os respondí seca y sin atreverme a despegar los ojos de mi libro.
"Necesito ayuda con el arco y la flecha, mi Señora", solicitasteis humildemente.
"Esos menesteres son de Anya. Ella os será más útil que yo", respondí sin jamás dejar de fingir que leía.
"Perdóneme, mi Señora, pero ella me orientó a que hablase con vuestra merced. Me explicó que ahora ella está encargada de instruir a los infantes y no tiene tiempo para este servidor
"No pude evitar sentir júbilo. Mi educación de milenios, mis más adustas disciplinas podían irse ahora al quinto infierno.
"Mañana, al despuntar el alba del primer sol", Y con una sonrisa triunfal os retirasteis saludando al frente con la diestra, mientras que con la anterior hacíais el símbolo de la Estrella.
Esa noche, soñé que deslizabais hábiles dedos por los dorados hilos del lustroso arco. Ensartabais una flecha a la perfección, pero no teníais la destreza para tensar el arco del modo adecuado... vuestro tiro no alcanzaba la velocidad suficiente. Yo tomaba vuestra mano y aportaba la fuerza de la que vos careciais... mientras aspiraba el aroma a manzanilla de los cabellos húmedos y os explicaba al oído la técnica secreta para lograr la fuerza deseada. Girasteis el rostro de armiño buscando mis ojos... me atreví a enfrentaros. "No puedo continuar", confesabais."¿Por qué no?", pregunté burlona."Porque vuestra merced despierta en mí, cosas que están sancionadas. Cosas por las cuales sería condenado a la Torre Eterna", avergonzado, vuestros ojos descendieron al más bajo suelo."¿Temeis la condena, o temeis al sentimiento?", interrogué."Jamás a la condena, mi Señora. Solo a vuestro glacial silencio", respondió.
Esa noche, soñe que enredaba mis dedos en suaves cabellos dorados y mi boca se perdía en las latitudes de vuestra piel de alabastro.
martes, 30 de junio de 2015
domingo, 28 de junio de 2015
Noche de Tormenta
Ella sacudió su pelo un poco, visiblemente emocionada y nerviosa de pensar en lo que vendría. Podía oler la tormenta en el aire; en esos momentos el sol comenzaba su descenso y en pocos minutos tocaría el mar. Cuando cayese la noche, la tempestad rompería.
Sabía que solo Dun la acompañaría; nadie más le gustaba salir a esas horas para enfrascarse en un temporal. Menos tener que navegar hasta el faro, pero aquel faro la llamaba con la fuerza del hambre, ella debía ir y quedarse ahí como había decidido. Algunas personas viajan, salen, buscan vida social, trabajan más horas de las que deberían. Ella había decidido encerrarse en el faro, el faro de sus sueños, de sus sueños durmientes... el muchacho con las muletas, el tullido, que lloraba y no quería ser encerrado ahí. El anciano que salía del faro para ser reemplazado por el niño, el viejo lloraba, con dolor... y el niño aterrado muerto de miedo intentando huir de su condena, él debía convertirse en el siguiente Guardían del Faro. Hasta que llegó ella.... y ella decidió tomar su lugar.
Nunca supo muy bien qué originó todo ese asunto.
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