domingo, 26 de julio de 2015

El Despertar

El cuerpo de la mujer se estremecía... la totalidad de sus miembros temblaban y el color de sus ojos se borró por completo. Las insondables heridas que surcaban sus brazos comenzaron a cerrar paulatinamente y los ríos de sangre que empapaban la tierra dejaron de fluir a medida que la transformación era llevada a cabo. Su piel tomó matices pálidos y brillantes, sus cabellos antes castaños, adquirieron tonos oscuros y espesos que resplandecían bajo el abrazo nocturno. Los estertores agitaban su pecho, el cual subía y bajaba de forma inquieta y jadeante como si un profundo dolor apremiara por salir de su boca... sus huesos crujían como si algo se rompiese a la altura del pecho... algunos borbotones de rojo escurrieron por su lívida boca, junto con un bramido gutural el cual al fin escapó de forma súbita y rasgó la noche, abriéndose paso furiosamente a medida que crecía, haciendo llorar a las estrellas, las cuales resbalaron de las alturas y cayeron aterradas al ser testigos de la agonía de aquella mujer que renacía de las entrañas mismas de la muerte.
Todo nadaba en un silencio rotundo donde ni siquiera el viento rugía como era de costumbre en aquellos agrestes parajes. La Luna quedó muda para siempre, con aquella última imagen tatuada en sus blancas lomas, haciendo caso omiso de las advertencias que le dieron los Dioses de guardar silencio por la eternidad. La mujer yacía sobre la tierra con el vestido sangrado, sus ojos volvían a adquirir el color gris de antaño a medida que avanzaba la noche, pero ahora su mirada cargaba con sutiles matices de azul. Las nubes vinieron al rescate de los astros que observaban aterrados la escena sobre la tierra, el cielo pronto se cubrió de espesos nubarrones cargados de agua, la cual comenzó a caer cuando el Dios de la Lluvia se hizo anunciar con un poderoso trueno a lo largo y ancho del firmamento. Ramsey, renacía del sagrado beso con la muerte. Y era bautizada por el agua de los cielos que siempre la protegería bajo mantos de niebla.
El Amaru al fin se dignó a aparecer aquella madrugada, en conjunto con la tormenta que hacía rugir a aquellos árboles milenarios como si estuviesen furiosos con los vaticinios que deparaban las alturas. Gruesas gotas golpeaban el rostro y cuerpo de la moribunda, la cual poco a poco comenzaba a mover sus globos oculares bajo los finos párpados, dando a conocer los primeros vestigios de su nacimiento. El Dios de la Lluvia lavó amorosamente el cuerpo de la mujer, eliminando todo vestigio de sangre sobre aquella piel argéntea. La mujer dormía, inserta en un sueño pesado y profundo, donde los recuerdos eran vistos como si se observasen a través de un cristal... la mujer con la vista fija en una presa, el suave desliz de la flecha por sus dedos... la guerrera ensartando espada y lanza entre gruesas carnes, su cuerpo pringado en sangre montando un frisón furioso... un abrazo dulce entre cabellos largos y rojos, ese aroma a vino, carne asada y suave sudor... un pequeño crío pelirrojo entrelazado bajo unas piernas firmes, las piernas de su madre... los baños y chapoteos en un lago donde la luz del sol golpeaba con todas sus fuerzas...
El astro rey se encontraba ya bastante alto aquel amanecer... el escozor que le provocaba la tela de su ropa producto del calor matutino en conjunto con la humedad, lograron hacerla despertar. Su mirada inmortal se abrió por vez primera bajo la tibieza de un sol amarillo que parecía envolverla en un arrullo delicioso. Buscó a su compañera con aquella mirada gris que sondeaba el bosque... de pronto lo recordó todo. A partir de este amanecer ella nunca más volvería a caminar sola.

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